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Los mitos de la inmigración

Los mitos de la inmigración

Los españoles también hemos sido emigrantes

Dicen que las mentiras más grandes son las verdades a medias, y eso ocurre con esta afirmación. Es verdad que los españoles han emigrado, principalmente a Latinoamérica y, tras la segunda guerra mundial, a otros países de Europa. Pero hay diferencias sustanciales con los actuales flujos inmigratorios con destino a España:

1º) Los españoles, en su mayoría, emigraban de acuerdo a la ley, tanto española como del país de destino. No cruzaban clandestinamente las fronteras, burlando a las autoridades. Los servicios consulares en colaboración con el ministerio de trabajo cooperaban, en la medida de sus posibilidades, con el país de acogida con vistas a regular el trabajo de los españoles, y éstos, también en su gran mayoría, no pasaban a engrosar las filas de la economía sumergida, sino que desempeñaban trabajos debidamente dados de alta en la seguridad social, cotizando y pagando los correspondientes impuestos. Sin embargo, la inmigración masiva que padece España está compuesta en buena parte por inmigrantes sin papeles, que burlan los controles fronterizos de las autoridades españolas, incrementan las filas de la economía sumergida, que no paga impuestos, al tiempo que los gobiernos de sus países de origen se desentienden de ellos y apenas cooperan con las autoridades españolas, ya sea para regular el trabajo de sus ciudadanos, para impedir la actuación en su territorio de las mal llamadas “mafias de la inmigración” que atentan contra los legítimos derechos de España, o para la repatriación de los indocumentados.

2º) Los países a los que se dirigían los españoles necesitaban mano de obra, ya fuera en América, continente con múltiples posibilidades, o en la Europa de la posguerra, que había visto reducida su población masculina e iniciaba las políticas de reconstrucción. Sin embargo, España es el país de la CEE con mayor índice de paro, y resulta absurdo pretender traer mano de obra extranjera mientras un 15% de la población activa se encuentra en situación de desempleo.

3º) Las diferencias culturales y sociológicas de los emigrantes españoles y de la población de acogida no tienen comparación con los de buena parte de la población inmigrante que llega a España, y por tanto los problemas de asimilación eran bastante menores. Los españoles que emigraban a Francia, Suiza o Alemania compartían con la población de dichos países unos mismos valores socioculturales procedentes de su historia común y de su identidad religiosa cristiana. Nada de esto sucede con la inmigración procedente de China, del magreb, del área subsahariana, etc.

Los inmigrantes desempeñañan trabajos que los españoles no quieren realizar

Quien esto afirma viene a decir que los españoles somos muy finos y se nos caen los anillos trabajando como peones agrícolas o de la construcción, empleadas del hogar, personal de limpieza, ayudantes de bar y de cocina, y en general, trabajos de baja remuneración. Lo cierto es que todo trabajo, mientras sea honrado, es digno, lo cual se olvida fácilmente en una sociedad eminentemente capitalista que alienta lo material y lo superficial. En cualquier caso, la realidad es que los españoles quieren trabajar de acuerdo a las conquistas sociales de los últimos decenios, es decir, llevando a cabo una jornada laboral adecuada, en unas condiciones laborales adecuadas y por un salario adecuado. En el caso de una empleada del hogar, deseará la jornada laboral que marca el convenio, en las condiciones que marca el convenio y por el salario que marca el convenio. Pero siempre habrá una inmigrante que esté dispuesta a hacer más horas, por menos dinero y sin alta en seguridad social, de ahí que pocas españolas estarán dispuestas a renunciar a los derechos laborales que tanto tiempo y esfuerzo han costado al pueblo español y adaptarse a las pretensiones más humildes de la población inmigrante. En el campo no faltan españoles dispuestos a realizar las tareas agrícolas, pero siempre habrá inmigrantes que aceptarán jornadas de diez horas, seis días a la semana, por menos dinero, sin seguro agrario y en invernaderos insalubres y desprotegidos frente a los pesticidas. Y así podemos seguir con el resto de trabajos. Y aún cuando se cumpla a rajatabla la normativa laboral, siempre habrá inmigrantes de sobra para cubrir esos puestos, de forma que al sobrar la mano de obra los empresarios no necesitan incentivar a los trabajadores aumentando los salarios y por consiguiente elevando su poder adquisitivo. Los salarios bajos permiten que los de siempre tengan más beneficios que nunca. Los perjudicados son, una vez más, los españoles que componen la clase trabajadora, es decir, la mayoría de la población.

Los inmigrantes aportan riqueza al conjunto del estado

 Esta es una visión muy simplista que se basa únicamente en las cotizaciones a la seguridad social y el gasto sanitario y en pensiones que ocasionan los inmigrantes. Aún cuando es prematuro extraer resultados concluyentes, y dada la presión gubernamental y empresarial por incrementar el número de inmigrantes, es difícil dar credibilidad a estos datos, pues es sabido que primero se decide qué se quiere demostrar y a continuación se aportan los datos estadísticos que refuerzan esa tesis y se ocultan aquéllos que la debilitan, podemos aceptar en principio que es posible que hoy por hoy los inmigrantes aporten a la Seguridad Social más dinero que el gasto que producen en materia de sanidad y pensiones, pero resulta imperativo hacer las siguientes matizaciones:

1º) La población inmigrante es todavía eminentemente joven y por tanto razonablemente sana. Habrá que esperar dentro de unos años un fuerte incremento en sus necesidades sanitarias y en materia de pensiones. Podemos decir que sus cotizaciones representan para el pueblo español pan para hoy y hambre para mañana. Pero ya que hablamos del gasto sanitario, digamos toda la verdad, puesto que también es necesario mencionar la tristemente conocida alta tasa de portadores del virus VIH en África, así como el hecho de que una parte importante de mujeres inmigrantes se dedica a la prostitución, con el correspondiente riesgo para la salud pública.

2º) Los inmigrantes no sólo ocasionan gastos con cargo a la seguridad social, también hay que incrementar la dotación del ministerio de Trabajo y de Interior para atender a sus necesidades y regular su estancia (ya hay un secretario de Estado para la Inmigración, y no sería sorprendente que en un futuro cercano se cree un ministerio para tal fin). Dada la fuerte natalidad de los inmigrantes y ya que hay que proceder a la escolarización de sus hijos, es necesario resaltar que muchos de éstos precisan, ya sea por dificultades idiomáticas o de integración, de planes pedagógicos especiales que requieren de una parte no despreciable del presupuesto educativo. Muchos de los inmigrantes, documentados o no, tienen problemas de adaptación o viven en bolsas de marginalidad, por lo que consumen buena parte de los recursos del ministerio de Asuntos Sociales y de los departamentos asistenciales de comunidades y ayuntamientos, así como de ONGs de subvención estatal. Los extranjeros, con o sin papeles, protagonizan el 30% de los crímenes cometidos en España [El País, 6 de Agosto de 2000], y representan buena parte de la población reclusa española. Asimismo, y en lo que respecta a la lucha contra la inmigración ilegal, ésta supone un coste colosal (crecientes dotaciones policiales, costosísimas vallas fronterizas en Ceuta y Melilla, helicópteros, patrulleras, gastos de expulsión...).

3º) Buena parte del dinero que obtienen los inmigrantes es enviado a sus países de origen para el mantenimiento de sus familias. Nadie se ha molestado en evaluar el dinero que por este motivo sale de España. Muchas veces se nos informa de las precarias condiciones de vida de los inmigrantes, como el hecho de que muchos viven hacinados o en infraviviendas pese a contar con un trabajo digno, y se nos quiere vender como ejemplo del racismo de los españoles el que estas personas no encuentren a nadie que les quiera alquilar un piso. Esto es cierto sin duda en algunos casos, pero es igualmente cierto que en otros casos el motivo viene dado por el deseo del inmigrante de gastar lo mínimo para poder enviar la mayor cantidad posible de dinero a sus familias.

4º) Por último, no cabe hablar sólo de la riqueza que aportan, también es menester dar a conocer aquélla que impiden crear. Su masiva incorporación a la fuerza laboral posibilita el crecimiento cero de los salarios; al no crecer el poder adquisitivo de los trabajadores, tampoco crece el consumo interior, lo que perjudica a todas las empresas que no se dedican a la exportación (es decir, la mayoría de las empresas, en especial el pequeño comercio). Por desgracia, muchos de los inmigrantes, aún con papeles, engrosan las filas de la economía sumergida, que no paga impuestos y por consiguiente su aportación a la riqueza del conjunto de los españoles es harto discutible. Mientras exista una alta tasa de paro en España, es evidente que la inmigración extranjera dificulta la resolución de este problema, por lo que el Estado deberá seguir destinando una fuerte dotación presupuestaria para satisfacer las prestaciones por desempleo, dotación que podría ser empleada en educación, sanidad, infraestructuras...

Los inmigrantes son necesarios dada la baja natalidad española 

Aquí se evidencia la mala fe de los apóstoles de la inmigración. Desde el inicio de la transición se ha venido ridiculizando la política de natalidad alentada por el régimen franquista, a la que se ha achacado como la causante de innumerables males, desde el aumento del paro al crecimiento de los índices de delincuencia y drogadicción de los ochenta. Ahora resulta que la carencia de una política de natalidad pone en peligro las pensiones del futuro. Lo que antes era malo ahora es bueno, y los mismos que antes vituperaban con sorna la política que fomentaba la existencia de familias numerosas, afirman hoy su necesidad de forma solemne y sin rubor alguno. Como quiera que a los españoles se nos ha inculcado en el último cuarto de siglo que ya no están los tiempos para tener muchos hijos (como si durante la época de nuestros padres y abuelos los panes venían llovidos del cielo), y que eso es síntoma de un atraso cultural alentado por la Iglesia para perpetuar a la mujer en su rol de madre y mantenerla aprisionada en el hogar, ahora resulta difícil dar un giro de 180 grados, por lo que afortunadamente y para salvación nuestra ahí tenemos a los inmigrantes, que carentes de complejos mantienen una alta tasa de natalidad. En definitiva, parece que de lo que se trata es de que nazcan pocos niños de españoles y muchos niños de inmigrantes, de forma que España pierda algún día su razón de ser y pueda fusionarse dócilmente a otras “ex_naciones”.

Si el problema es que nacen pocos niños, lo lógico es que el Estado fomente e incentive las familias numerosas, pero lo cierto es que esa política es prácticamente inexistente. Los partidos políticos en el poder, fieles a los intereses de las multinacionales, lejos de apostar por una política de natalidad preconizan una política inmigratoria, y para ello meten miedo a la población afirmando que hacen falta más cotizantes para poder garantizar el mantenimiento de las pensiones. Si hacen falta más cotizantes, podrían empezar por buscar empleo al 15% de la población activa en paro, pero en cualquier caso, si las cotizaciones no bastan para pagar las pensiones, no hay ninguna ley que prohíba destinar alguna partida presupuestaria para reforzar las prestaciones sociales de nuestros mayores. Parece que existe un principio universal por el cual es imprescindible que la seguridad social se sostenga por sí misma, pero lo cierto es que este principio no se aplica prácticamente a ninguna otra rama del Estado (no hay nadie que sufrague la pretensión de que la educación se autofinancie, o la seguridad ciudadana, o la política de defensa ..., sin embargo, por algún motivo esotérico incomprensible para el común de los mortales, resulta imprescindible que la seguridad social no sea deficitaria). Pero es que además se omite el hecho de que la alta tasa de nacimientos entre los inmigrantes sólo se produce durante la primera generación, tal como sucede en los países que nos “aventajan” en materia de experiencia inmigratoria (Francia, Reino Unido, Holanda ...), sus hijos, una vez adoptan nuestras “costumbres”, pasan a tener un bajo índice de natalidad, lo cual les va de maravilla a los políticos mundialistas, puesto que les permite mantener la política inmigratoria de forma indefinida.

 El rechazo a la inmigración alienta el racismo y la xenofobia

Este es el último recurso de los grupos de presión que pretenden imponernos su política inmigratoria. Si alguien no queda convencido con los clichés habituales en materia de extranjería (los inmigrantes desempeñan los trabajos que nosotros no queremos, aportan riqueza, garantizan nuestras pensiones y nos recuerdan que nosotros también fuimos emigrantes), debe guardarse para sí su opinión puesto que cualquier duda sobre las bondades de la inmigración puede alentar sentimientos de rechazo, y eso está muy feo. En definitiva, si no estás de acuerdo, te callas. Este es un chantaje moral claramente inmoral (valga la redundancia) que no podemos aceptar, y que además, parte de una premisa falsa consistente en hacernos sentir culpables de un problema del que somos ajenos, y que nos impide identificar a los auténticos culpables: los inmigrantes ilegales (que no los refugiados políticos) que han despreciado las leyes de nuestro país para promocionarse económicamente; los políticos españoles que con su dejadez y aquiescencia han fomentado la actual situación; los gobiernos de los países de origen, que consienten políticas de exclusión social y corrupción, y que posibilitan la existencia de una minoría que sustenta el poder y acapara para sí los recursos de la nación al tiempo que crea una ingente bolsa de pobreza, y por último, un sistema económico mundial que prima la riqueza de las multinacionales en detrimento de la riqueza de las naciones.

Denunciar la demencial y tiránica política inmigratoria no alienta “el racismo y la xenofobia” (una prueba de la machacona propaganda financiada por los círculos del poder es la ridícula unión de “racismo” y “xenofobia”; prácticamente nadie sabría decir cuál es la diferencia entre las dos palabras, y obviamente, nadie conoce a nadie que se califique de racista, pero no de xenófobo, o viceversa), sino que es un derecho soberano del pueblo español. Tengamos presente que la inmigración en cualquier caso no supone un fin en sí mismo, sino un medio para lograr un determinado fin. El sistema democrático español nos permite discutir o discrepar las decisiones políticas, y al igual que podemos alabar o criticar las medidas fiscalizadoras o educativas, nada nos impide hacer lo mismo con las relativas a inmigración. No permitamos que se nos imponga una visión monolítica que por otra parte no responde a los legítimos intereses del pueblo español. Recordemos a quien haga falta que existe una tímida ley de extranjería –que ya sabemos que a pesar de su moderación apenas se cumple- aprobada por el parlamento, es decir, por la mayoría de la representación soberana del pueblo español. Defender las leyes, en especial las emanadas del parlamento, no puede convertirse en motivo de vergüenza. Exijamos por tanto que se cumpla la ley, en especial, que se destinen los fondos necesarios para la protección de nuestras fronteras y para financiar la expulsión de los extranjeros que pretenden burlar nuestra soberanía, que no es otra que la emanada de la voluntad mayoritaria del pueblo español expresada libremente en las urnas. La libertad que ampara a los defensores de abrir las fronteras es la misma que permite a los ciudadanos afirmar la necesidad de protegerlas. Aquéllos que desean regularizar a todos los ilegales tienen la posibilidad de lograrlo votando a los partidos que sustentan dicha petición, y no les debería resultar difícil puesto que cuentan con el apoyo de la banca (“El BBVA estima que la economía precisa 300.000 inmigrantes al año”, El País, 30 de Junio del 2000), las altas finanzas y las multinacionales, así como de los medios de comunicación, todos ellos participados en mayor o menor medida por éstas. Pero mientras no logren esa mayoría, la obligación democrática de todo español es la de hacer cumplir las leyes emanadas del parlamento. Así pues, a los que nos acusen de “xenófobos” respondámosles calificándolos de dictadores.

No consintamos que nos dobleguen con el falso debate de que los inmigrantes también son personas, que sufren penalidades y que en su mayoría son buenas personas. Nadie lo pone en duda, y es por ello que el pueblo español destina a través de los presupuestos generales del Estado ayudas al desarrollo de sus países de procedencia. Es ahí donde cabe encontrar la solución y los españoles hace muchos años que contribuimos a ella. Pero al igual que si llegamos un día a nuestra casa y nos encontramos una habitación ocupada por un extraño, procederemos a llamar a la policía sin importarnos si el intruso es una buena persona que pasa un mal momento y sin preocuparnos de que nadie por ello se atreva a acusarnos de “excluyentes”, con la misma determinación hemos de proteger nuestra casa común que es España. Resulta triste que el individualismo de la sociedad de consumo sólo nos permita ver nuestra propiedad particular y nos haga insensibles ante la propiedad colectiva. Esos seres “bondadosos” que abren las fronteras del país a todos los necesitados pero que les cierran las de su casa recuerdan a los del viejo chiste de aquél que se autocalificaba de comunista-conservador: comunista de lo ajeno y conservador de lo propio.

Tengamos siempre presente que si hoy los españoles gozamos de prestaciones sociales no es por casualidad, sino por el esfuerzo de todos aquellos españoles que nos precedieron y que posibilitaron mediante su trabajo, y en ocasiones dando su vida por ello, que sus descendientes tuvieran una vida más llevadera. Defender el logro de nuestros antepasados es una necesidad y una obligación. Claudicar, callar, agachar la cabeza para que no nos acusen falsamente de insolidarios es una cobardía indigna de las esperanzas de nuestros padres y abuelos. Frente a la visión totalitaria de las bondades de la inmigración, hemos de alzar nuestra voz inconformista y proclamar nuestro derecho a la discrepancia.

Publicado en la web: http://www.inmigracionmasiva.com

La religión de los derechos humanos

La religión de los derechos humanos

Guillaume Faye

Primera en aparecer, en 1776, bajo la forma de la Declaración de Independencia, la versión americana de la ideología de los derechos humanos hace más hincapié en la busqueda por el hombre de la felicidad, en el derecho del individuo a resistir a toda soberanía que obstaculizaría su "libre árbitro" y su placer, que en los derechos políticos del ciudadano. La Constitución americana refleja esta concepción del Estado de Derecho: los gobernantes tienen por principal objetivo la garantía de los derechos humanos. La finalidad asignada a la política es permitir que los hombres gocen, en seguridad, de sus bienes. Tal filosofía,   que se inspira directamente en los hédonistas anglosajones y en los topicos del Segundo Tratado de Locke, presenta ya los fundamentos doctrinales del Estado benefactor occidental moderno, para el cual la gestión de la "felicidad pública" (common good) prevalece sobre la dirección política del destino de la nación. En este sentido, si la Revolución francesa fue fundadora de una "nación", la Revolución americana lo fue de una "sociedad", instancia despolitizada, dónde lo cotidiano y no la historia pasa a ser, como dice Baudrillard, el "destino social".

En esta sociedad (podemos también hablar de "Sistema", en comparación con las ideologías políticas de los pueblos), la filosofía de los derechos humanos tiene por vocación de convertir al mundo entero. Mientras que la concepción rousseauista del derecho de la Revolución francesa profesaba un universalismo político, que pretendía convencer a los otros pueblos de organizarse civicamente bajo el régimen representativo de la "nación soberana", sin que la política o la historia fuesen suprimidas, la filosofía americana de los derechos humanos marginaliza estas dimensiones históricas y políticas: el universalismo no es político, toma matices de cruzada social; determina, para todos los hombres, más allá de sus culturas particulares, un ideal universal (libre-arbitro, felicidad individual, etc) y asigna a todos los Gobiernos de la Tierra la misión de satisfacerlo y en consecuencia de cumplir con sus exigencias existenciales. Esta extravagante pretensión, que se encuentra hoy formalizada como compromiso jurídico internacional por la Declaración universal, traduce la influencia bíblica muy profunda que se ejerció sobre los juristas americanos. Los Estados Unidos se creen implícitamente los depositarios de lo que un sociólogo americano llama "el Arco de las libertades del mundo". Se detectan en la concepción americana de los Derechos, además de un jusnaturalismo (creencia en "derechos naturales") dogmático, el sentimiento "de la elección divina" de los Americanos cuyo destino providencial sería el de un nuevo pueblo judío. No es asombroso, en estas condiciones, que en cuanto se alejaron de su preocupación las guerras exteriores, los Estados Unidos de Jimmy Carter hayan encontrado naturalmente en la cruzada por los derechos humanos el eje principal de su acción y de su "misión" internacional.

Es necesario hablar bien de "misión", y no de política, en la medida en que ésta supone un poder cuyos constituyentes americanos, impregnados de biblismo, en rebelión contra el rey de Inglaterra, no pensaban sino en limitar las prerrogativas "históricas", en favor de subordinarlo a la economia y a la teologia.

En la Declaración de Independencia (Filadelfia, 4 de julio 1776), se encuentra en efecto esta fórmula reveladora: "consideramos como verdades evidentes que los hombres nacen iguales; que son dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad (individuales); que se instituyó a los Gobiernos humanos para garantizar estos derechos."

En el idéologèma de la felicidad, la versión americana de los derechos humanos incluye este concepto, formulado en Hobbes, Locke o Rousseau, en el que el individuo constituye la unidad básica de la vida. Tal idea, hoy rechazada por las ciencias sociales y por la étologia, proviene, como lo mostraron Halbwachs y Baudrillard, de la transposición política del dogma cristiano de la salvación individual. El destino colectivo e histórico se encuentra puesto entre paréntesis, negado, en favor del destino existencial del individuo. Mientras que la práctica religiosa garantizaba a este destino individual una realización trascendente, tolerando en el tiempo la historia humana, con la laicización del cristianismo fueron los derechos humanos los que se volvieron los instrumentos de la realización immanente de ese destino.

Para Hobbes, en quien se inspiró Rousseau, la sociedad es un "ser artificial" (Léviathan, CH XXI). Los derechos humanos constituyen, en el autor del Discurso sobre el origen de desigualdad, el medio para liberarse de la dependencia de los hombres (beneficiándose al mismo tiempo de las ventajas de la vida en sociedad), idea que se encontrará en Jean-Paul Sartre. Rousseau admitía sin embargo la permanencia de la lucha "insuperable" contra la dependencia de las cosas. Pero la filosofía de los derechos humanos, prosiguiendo las concepciones lockianas, pretende liberar al hombre de la dependencia de las cosas. Los derechos deben garantizar la felicidad que es concebida como sosiego económico y psíquico, liberación de las dificultades fisiológicas y materiales, y no solamente políticas. Este deslizamiento hacia una concepción radicalmente pasiva de la existencia social señala paradójicamente la perversión de todo derecho. La función de los derechos humanos no es jurídica; ejerce una función suprema de legitimación del Sistema comercial occidental.

Como lo mostramos anteriormente, la civilización comercial, seguida en eso con algún retraso por la sociedad soviética, esta caracterizada por la extensión de subsistemas racionales y técnicos de actividad. Una dirección política ya no mantiene la cohesión del grupo sino, como lo mostro Max Weber, por medio de una autorregulación descentralizada de carácter tecnócratico. El consenso social se basa en la adhesión práctica y espontánea de los individuos a un estilo de vida del que ya no pueden prescindir, adhesión que opera en los subsistemas (la empresa, el medio profesional, el universo del automóvil, el domicilio, el mundo del ocio, etc), y no en el conjunto de la sociedad. Para legitimar su soberanía, el Sistema no necesita pues ya un discurso político que atraiga la adhesión, ni de mitos movilizadores nacionales. De ahí la déspolitización y la desnacionalización de la sociedad civil, lo que Weber llama su "secularización". La validación de las estructuras sociales por argumentaciones políticas o "tradiciones indudables" cede el lugar a una validación por ideologías económicas y pragmaticas, como lo mostró Louis Dumont, o éticas privadas que justifican un estilo materialista de vida; estas últimas copian el aspecto mecanicista y economista del sistema internacional que trata de legitimar, y que, como lo vieron Weber, Gehlen, Schelsky y Heidegger, está basado en una interpretación de la ciencia y la técnica como actividades racionales y necesariamente orientadas hacia la obtención de la felicidad (económica) individual.

Las ideologías modernas del sistema comercial van, pues, mundialmente, a valorizar estos dos idéologèmas-clave de la racionalidad y la felicidad. ¿Pero dónde van a encontrar, superando sus diferencias, el punto común donde puedan converger, el "cobertizo" que legitimará estas dos ideas? En la filosofía mundial de los derechos humanos, precisamente, que funciona también como legitimación suprema y sintética del sistema comercial. Solo sera pues al final del siglo XX que esta filosofía, que transporta la visión mecanicista del mundo del siglo XVIII, encontrara su aplicación práctica.

Otra ventaja de la ideologia mundial de los derechos humanos: es que oculta la impotencia y la insignificancia del discurso político de las esferas dirigentes; las cuáles, en efecto, como proceden por medio de una gestión autoritaria de la sociedad-economia, no tienen más discursos ideológicos coherentes, que correspondan a una legitimación democrática práctica. Por otra parte, un discurso muy tecnócratico seria mal recibido. De ahí la necesidad implícita, o incluso inconsciente de recurrir a un discurso sintético que recupera, por medio de grandes principios, la idea democrática. Un discurso sintético, es decir, un humanitarismo vulgar, que mezcla y simplifica la moral del cristianismo, del liberalismo y del socialismo. Como lo observa Habermas, "la solución de los problemas técnicos escapa al debate público, que (...) correría el riesgo de poner en cuestión las condiciones que definen el sistema" (1).

La filosofía de los derechos humanos presenta otras ventajas: legitima la desaparición progresiva de las especificidades etnoculturales, siempre problematicas para el poder establecido, validando la mejoria economica del nivel de vida como ideal oficial y "éxito indudable" del Sistema; tal es el sentido, por ejemplo, de las recientes declaraciones internacionales sobre los "derechos económicos y sociales". Del mismo modo, los temas relativos a los "derechos a la diferencia" solo están allí para neutralizar la idea de diferencia etnocultural, marginalizandola como derecho secundario a una diferenciación subcultural. El ideal antihistórico de los derechos humanos, común a los liberales y a los filósofos de la escuela de Frankfurt, trae también, como lo formuló ingenuamente Habermas (2), una "perspectiva de nivelación y satisfacción en la existencia". Tal perspectiva, incompatible con toda especifidad cultural, nacional o política viva y movilizadora, intenta hoy imponerse como mito mundial.

Mito paradójico: se considera a si mismo como racionalidad y moralidad pura, y declina al mero bienestar económico, pero pretende al mismo tiempo actuar efectivamente (por medio de topicos negativos donde se condenan las "tiranías" y no por medio de movilizaciones positivas). Así pues, como hecho novedoso, el derecho toma las funciones del mito. ¡Suprema paradoja de este siglo! Este fenómeno se produce a escala planetaria y, si falla, su quiebra dejará un vacío planetario, el de la ilegitimidad global de toda una civilización, que habría intentado reconciliar el derecho, al pensamiento positivo, recurrente, memorizado y normativo, con el mito, pensamiento irracional, proyectado, emocional. Bonita utopía.

Si la filosofía contemporánea de los derechos humanos señala el punto de convergencia de todas las corrientes de la ideología igualitaria, no es solamente porque el Sistema necesita una legitimación teórica suprema; es también porque el tema de los derechos humanos constituye un aspecto histórico común del pasado de todas esas ideologías, y que a ese respecto, las reúne en un momento en el que tienen necesidad. Liberalismos y racionalismos de tradición anglosajona o francesa, socialismos reformistas, kantianismo, marxismo (por medio del hegelianismo), cristianismo social, todas estas corrientes pasaron, en "la historia de su gran relato ideológico", para emplear la expresión de Jean-Pierre Faye, por el idealismo racional de los derechos humanos. Incluso el cristianismo integrista, que no rechaza los fundamentos del derecho natural canónico, puede tambien unirse a ellas.

De ahí proviene la regresión intelectual, el retorno teórico de la inteligensia occidental a los derechos humanos que, por las concepciones que tienen, corresponden finalmente a las necesidades de legitimación de una civilización planetaria economista y mecanicista.

En el momento en que esta civilización controvertida por todas las partes (excepto en la vida de sus subsistemas) no encuentra ideología política para legitimarse, los derechos humanos son los unicos con poder establecer un consenso en la forma de un pequeño denominador común ideológico.

Esta simplificación ideológica es acentuada por las deformaciones que hacen sufrir a todo discurso los mass-media de comunicacíon internacionales. Aparece entonces una especie de dogma, revelado en la prensa, sobre las ondas, en la televisión, etc. Una verdadera "religión" de los derechos humanos inunda el Sistema, en la forma de filosofía emocional y simple; es su sistema sanguíneo, su alimento espiritual.

En este sentido, solamente la filosofía de los derechos humanos podía agrupar a una inteligensia occidental sollozante, desde una decena de años, por el desmoronamiento de su discurso teórico y el hundimiento de sus modelos sociales. Que marxistas o socialistas revolucionarios, cuya familia de pensamiento había pretendido superar la fase "del idealismo pequeño- burgués" (Lénine) y del "formalismo" (Marx) de los derechos humanos, vuelvan de nuevo a su defensa, es la evidencia un retroceso teórico del pensamiento igualitario. Este retroceso, esta regresión ideológica, coinciden por otra parte con el paso del igualitarismo de una fase dialéctica, inaugurada en los siglos 17 y 18, y caracterizada por la inventividad y el autorebasamiento intelectuales, donde la formulación de las ideas precedía su aplicación política y social, a una fase sociológica, en la cual la difusión social y comportamental masiva de las formas de vida igualitarias y el triunfo del tipo burgués han producido la decadencia de las formulaciones ideológicas revolucionarias y el retorno a una sensibilidad humanitaria. Los hechos sociales controlan entonces las ideas, que se simplifican y adoptan la forma que les imponen los medios de comunicación y las normas de bronce de un periodismo mundial. Al triunfar, la ideología igualitaria deja poco a poco de ser inventiva; tiende a homogenizarse y a masificarse. La filosofía de los derechos humanos, como discurso de una burguesía planetaria y sentido de su proyecto, constituye la forma axial de esta masificación de las ideas.

Las trayectorias intelectuales de antiguos izquierdistas, hoy agrupados en la Universidad de Vincennes en torno al grupo "Dire", de antiguos situacionistas, las de Henri Lefebvre, de Bernard-Henri Lévy, de André Glucksmann, para no hablar de las de Jean-Paul Sartre o de Maurice Clavel, corroboran este cambio, esta "Unión consagrada" en torno a una nueva religión de los derechos humanos que habría hecho sonréir a los gurúes "antiburgueses" de los años sesenta. Ciertamente, se dirá que esta reagrupación en torno al mismo discurso de todas las corrientes igualitarias es acentuada por la decepción de los ex-revolucionarios ante los fracasos de sus modelos (la URSS, Cuba, Camboya, etc), pero se puede también pensar que ha sido acelerada por la aparición de un adversario común detectado a través de la reciente presencia, en varios países de Europa, de una corriente teórica y cultural no igualitaria y "suprahumanista", sumariamente calificada por Maurice Clavel de "neopaganismo"...

Significativas son a este respecto las trayectorias convergentes de las ideologías cristianas y marxistas que, partiendo de una oposición al humanismo de los derechos humanos, llegan hoy a colocarlo en el centro de sus tesis.

El cristianismo católico, en particular, combatió durante mucho tiempo la filosofía de los derechos, no sobre el fondo sino sobre la forma, acusándola fundar el derecho natural sobre "el orgullo del hombre", sobre principios profanos, y no desde una moral revelada por Dios.

El cristianismo moderno, que se separa de la fe religiosa y la teología clásica, no tiene necesidad, para laicizarse, de recurrir a otros fundamentos que los del propio evangelio. Hay una moral civil sentada sobre el derecho natural y la superioridad del individuo en la Biblia. Por ello, los temas de los derechos humanos le parecen perfectamente admisibles, lo que no era el caso a principios de este siglo. El padre Michel Lelong veía incluso recientemente en la adhesión a los derechos humanos un criterio de juicio de las familias de pensamiento, más importante que las posiciones sobre la religión. Explicaba que importaba poco que se fuese ateo o creyente con tal que se creyera en los derechos humanos (3).

En la tradición marxista, que distinguía entre "libertades formales" (burguesas) y "libertades reales" (socialistas), los derechos humanos se rechazaban como una fase histórica pasada. Marx lanza en el Manifiesto su famoso anatema: "Su derecho no es más que la voluntad de su clase (burguesa) manifestada en la ley". Los marxistas modernos, mucho menos revolucionarios que sus grandes antepasados y más preocupados con la conveniencia humanista, dudan en renovar esta condena del derecho burgués como discurso de legitimación económica.

La crítica del "derecho humanitario burgués" no es realizada más, desde que la revolución se sospecha de quienes se oponen a la "felicidad." Este abandono del antihumanismo no fue iniciativa de Roger Garaudy o del pensamiento publicitario de Henri Lefebvre. Como en otros temas, los intelectuales franceses vuelven a copiar evoluciones conceptuales ya realizadas en otra parte. Fue en realidad la escuela de Frankfurt y su más famoso representante, Max Horkheimer, quien inicio el retorno desengañado y doloroso al humanismo de los derechos humanos, que será reanudado más tarde por la inteligensia occidental de izquierdas, cuando no marxista.

En 1937, como buen marxista ortodoxo que era aún, Horkheimer escribía: "la creencia idealista en un llamado a la conciencia moral que constituiría una fuerza decisiva en la historia es una esperanza que sigue siendo extranjera al pensamiento materialista" (4). En 1970, después de haber sido chocado por la experiencia estalinista, el mismo Horkheimer escribía: "Antes, deseábamos la revolución, pero hoy nos dedicamos a cosas más concretas (...) la revolución conduciría a una nueva forma de terrorismo." Es mejor, sin rechazar el progreso, conservar lo que se puede considerar de positivo, como, por ejemplo, la autonomía de la persona individual (...) debemos más bien preservar, entonces, lo mejor del liberalismo "(5)."

Así pues, para Horkheimer que, significativamente, fue el más profundo de los pensadores marxistas del siglo XX, el materialismo histórico, el liberalismo burgués y el cristianismo deben unirse, ya que tienen el mismo discurso y defienden la misma trilogía fundamental: individualismo, felicidad (o salvación), racionalidad.

Este acuerdo en torno un mínimo ideológico, es pues, paralelo a la voluntad de extensión de esa ideología a todo el Sistema occidental, a toda la "americanosfera". Una única sociedad, una única cultura, un único pensamiento. 

Notas

(1) Jürgen Habermas, la ciencia y la técnica como ideología, Gallimard 1973. ver también Helmut Schelsky, Der Mensch en Der technischen Zivilisation, Düsseldorf 1961.

(2) Jürgen Habermas, opus cit.

(3) Le Monde, 28 de agosto de 1980.

(4) Max Horkheimer, "Materialismo y moral", en Teoría crítica, Payot 1978.

(5) ibídem.

[Texto extraído del libro de Guillaume Faye: Le Système à tuer les peuples, Copernic 1981.]


 

Derechos Humanos, propaganda moralista


Aparato central de la ideología moderna del progreso y del igualitarismo individualista, y medio por el cual se instaura una policía del pensamiento así como la destrucción de los derechos de los pueblos.

Síntesis de la filosofía política (a menudo mal entendida) del siglo XVIII, la propaganda moralista es el horizonte inevitable de la ideología dominante. Con el antirracismo, funciona como uno de los dispositivos centrales del acondicionamiento mental colectivo, del pensamiento facil y de la parálisis de toda rebelión. Profundamente hipócrita, la ideología de los derechos humanos se adapta a todas las miserias sociales y justifica todas las opresiones. Funciona como una verdadera religión laica. "el hombre" es aqui un ser abstracto, un consumidor- cliente, un átomo despojado de sus lazos comunitarios y de sus propiedades diferenciales. Es sorprendente constatar que la ideología de los derechos humanos fue formulada por la Convención de la Revolución francesa en imitación de los puritanos americanos.

La ideología de los derechos humanos consiguió legitimarse basándose en dos imposturas históricas: la de la caridad y la filantropía, así como la de la libertad.

"El hombre" (concepto ya bastante vago) no posee derechos universales y fijos, sino solamente los que se derivan de cada civilización, de cada tradición. A los derechos humanos, es necesario oponer dos conceptos centrales:   el de los derechos del pueblo (o "derecho de gentes") a la identidad, y el de justicia, este último concepto siendo variable según las culturas y suponiendo que todos los individuos son también respetables. Pero estos dos conceptos no podrían basar en la preconcepción de un hombre universal abstracto, sino más bien en el de hombres concretos, situados en culturas particulares.

Criticar la religión laica de los derechos humanos no es obviamente hacer la apología de la barbarie, puesto que la ideología de los derechos humanos garantizó en varias ocasiones la crueldad y la opresión (la masacre de los Vendeanos o de los Indios de América). La ideología de los derechos humanos fue muy a menudo el pretexto de persecuciones. En nombre del "bien".

No representa de ninguna manera la protección del individuo, no más que el comunismo. Al contrario, se impone como un nuevo sistema opresivo, fundado sobre libertades formales. En su nombre, se va a legitimar, el menosprecio de toda democracia, la colonización poblacional de Europa (cualquiera tiene el "derecho" a instalarse en Europa), la tolerancia hacia las delincuencias liberticidas, las guerras de agresión (Serbia, Irak, etc) que se reclaman en el "derecho de injerencia", la inexpulsabilidad de los trabajadores colonizadores; pero esta ideología no se pronuncia sobre la contaminación masiva del medio ambiente o sobre el caos social causado por la economía globalizada.

Y sobre todo, la ideología de los derechos humanos es un medio hoy estratégico para desarmar al pueblo europeo culpabilizándolo en todos los ámbitos. Es la legitimación del desarme y la parálisis. Los derechos humanos son una especie de  inversión perversa de la caridad cristiana y el dogma igualitario según el cual todos los hombres se salvarian.

La ideología de los derechos humanos es el arma central actual de destrucción de la identidad de los pueblos y de la colonización alogena de Europa.

[Texto extraído del libro de Guillaume Faye: Pourquoi nous combattons, l’Aencre 2001.]

Para leer mas: http://nuevaderecha.ya.st/

Inmigración y delincuencia

Inmigración y delincuencia Extracto del libro LA COLONISATION DE L'EUROPE - La Colonización de Europa

Por Guillaume Faye

Es un hecho evidente que la mayoría de la población alógena, y más especialmente árabe-africana, que vive en Europa es apacible. Pero no es menos evidente que en los países más afectados por la emigración (Francia y Bélgica, particularmente), la mayoría de los actos delictivos violentos (hurtos, violaciones, agresiones, atracos y demás hechos diversos), de los crímenes de sangre y de los encarcelamientos conciernen a las poblaciones de origen inmigrante, especialmente árabe-africanos. Globalmente, una minoría de inmigrantes es criminal, pero la mayoría de los criminales son inmigrantes.

Es una cuestión de estadística y de matemáticas, no de ideología. Es lo que reconoció con cierto coraje Jean-Émile Vié, antiguo Prefecto, consejero de la Corte de Cuentas, relajado ya de sus obligaciones de reserva, cuando alertó: "Es necesario actuar con urgencia para evitar la constitución de milicias privadas y, a largo plazo, la guerra civil". Estoy convencido que en esta sociedad mutilada y desarmada, ningún poder público osará "actuar con urgencia", y que nos dirigimos a la guerra civil. Desgraciadamente, puede que sea la única forma de resolver el problema.

Las cifras cantan por sí solas. Según las estadísticas de la policía y de la gendarmería nacional, dadas a conocer por la agencia "AB Associates", en 1950 se registraron 500.000 "hechos delictivos", entre crímenes y delitos. Hoy hablamos de 4 millones, es decir, una progresión del 800% en 49 años. Pero es que no fue hasta 1964 que la delincuencia empezó a dispararse. Las agresiones (censadas) contra las personas, menos de 50.000 en los años 50, se han multiplicado por 4,5 hasta hoy. En 1998, el 45% de los robos con violencia y el 15% de las violaciones fueron cometidos por menores de edad. En 1972, sólo en 2% de los delitos y los crímenes fueron cometidos por menores. En los casos de incendios y de chantajes, la proporciones de menores implicados se dispara hasta el 52%. En cuanto a los delitos ligados al tráfico de estupefacientes, en el año 1998 la progresión fue del 43,5%. Todas las cifras son subestimadas, dado que la policía ignora la mayor parte de los delitos cometidos en las "zonas sin derecho", pues la mayor parte de las víctimas se niegan a hablar ante el temor de represalias. (…)

Esta explosión de la criminalidad entre los menores alógenos se adapta perfectamente a la curva ascendente de proporción de menores de 18 años extranjeros en relación a la población general de la misma edad, lo cual concuerda con la tesis de que la explosión de la criminalidad juvenil, factor mayor de delitos en la sociedad urbana, tiene por causa directa la inmigración, la creciente presencia de jóvenes alógenos, mucho más que con factores socioeconómicos tales como "el declive de la autoridad paternal" o la "exclusión por el desempleo" (…) El brutal crecimiento de la criminalidad en los diez últimos años se explica por razones étnicas y demográficas, y no socioeconómicas. Los medios políticamente correctos sostienen como verdad irrefutable que la explosión de la delincuencia se debe al desempleo, a la precariedad y a la pobreza. Este sería el caso del siglo XIX, pero no de hoy. Contrariamente a lo que se piensa, los parados y los pobres son poco delincuentes. Es más, los nuevos delitos tienen poco que ver con el lucro. Los "nuevos delincuentes" viven sus crímenes y sus delitos como una fe, una profesión, un juego. En realidad, socialmente, están perfectamente insertados… a su manera, evidentemente; comen sin hambre, visten ropa de marca y utilizan teléfonos móviles.

La curva general de la delincuencia, desde 1950 hasta 1998, revela un paralelismo matemático con la proporción de las poblaciones inmigradas. El rápido crecimiento de los crímenes y delitos, a partir de mediados e los años 60, corresponde exactamente con la llegada de las primeras oleadas importantes de inmigrantes y no a un pauperismo (…)

La parte de los afro-magrebíes, jurídicamente franceses o no, en la delincuencia violenta, robos y tráfico de estupefacientes, se estima por la policía en un 80%. Bien entendido, se mantiene la prohibición formal de emprender estadísticas raciales y menos el publicarlas. Cuando el termómetro indica informaciones políticamente incorrectas, aun cuando reflejen la realidad, los medios toman la decisión de silenciarlas. El porcentaje de afro-magrebíes en las prisiones permite confirmar la realidad. En cárceles como Aux Baumettes, en Marsella llegan, por ejemplo, al 80%.

La región va a dispensar 32 millones de francos suplementarios al año (veinte veces más de lo habitual) para reforzar los medios de la policía. Esta cifra es similar a la destinada a crear empleos competitivos. Jean-Yves Le Gaibu, consejero regional, ha provocado la alarma en los banquillos de la izquierda al demandar al prefecto de policía "¿Qué ha hecho usted para contener a las bandas de delincuentes, generalmente inmigrantes, que han provocado esta situación?" No es bueno decir la verdad.

Pero, ante la clase política y los periodistas, los investigadores no se atreven a evocar las causas verdaderas del fenómeno. Se avanzan como explicaciones la "desresponsabilización de los padres", la "falta de respuestas judiciales adaptadas ante las primeras incorrecciones", o que "la escuela no cumple su rol de integración". Cuando en verdad es que estas cosas más que causas son casi efectos. La causa profunda de esta explosión de la delincuencia es la llegada a la pubertad de una generación numerosa nacida de la inmigración, que rechaza la integración en la sociedad francesa (y europea) "blanca" y que manifiesta una actitud voluntariamente agresiva, fundada sobre un sentimiento mixto de revancha y de resentimiento, pero también de fascinación por el modelo consumista al cual estiman tener derecho de acceder, aquí y ahora, sin esfuerzos y sin reciprocidad social. (…)

Las más altas autoridades del estado confortan el sentimiento de legitimidad de los jóvenes delincuentes inmigrantes. Martine Aubry, ministro de Asuntos Sociales, declaraba en 1998, ante los continuos actos de pillaje y de degradaciones que acompañan ritualmente las fiestas de fin de año: "Ciertos actos de delincuencia o de incivilidad son comprensibles como reacción ante un sentimiento de injusticia". Se entiende que muchos de los delincuentes inmigrantes reaccionan al racismo y a la marginalización económica. Un aliento tal a las fechorías de las bandas étnicas no puede sino dejar pasmado.

En su demérito, las palabras del señor Aubry se contradicen por el hecho de que los crímenes racistas (agresiones, asesinatos, degradación de bienes) son mayoritariamente actos de afro-magrebíes contra franceses y europeos autóctonos. Por otra parte, las sumas pagadas por buena parte de los contribuyentes a favor de acciones sociales diversas dirigidas hacia las jóvenes generaciones descendientes de la inmigración (reinserción, preferencia de empleo, ayuda material a las familias…) son cuatro veces más importantes, per capita, que las sumas consagradas a los jóvenes franceses de nacimiento. ¿Será esta la injusticia evocada por el señor Aubry?

Hablar de "jóvenes delincuentes" es a lo más que llega el lobby inmigracionista, cuando los demás entendemos "racismo". El escritor Maurice Radjfus, creador del "Observatorio de las Libertades Públicas", uno de los grandes capitostes del lobby inmigracionista, vilipendia la palabra "sauvageon" ("jóven problemático") empleada por Chevènement: "este discurso es inquietante, pues no se comprende que el término "sauvageon" comprende también a los sin-papeles, los sin-techo y los parados. También hay que considerar que este término comprende a diversas profesiones manuales". Estos fantasmas son muy habituales en la izquierda más estúpida -y más trotskista- del mundo. Se intenta resaltar con toda demagogia una amalgama inexistente entre los parados y los inmigrantes clandestinos. Este tipo de discursos, resaltados por la prensa biempensante (Libération, 18/01/99) revelan simplemente, en términos de psicoanálisis político, que el mensaje de los intelectuales inmigracionistas es el siguiente: los actos delictivos de cualquier naturaleza, desde la entrada ilegal en el territorio a los delitos de derecho común, cometidos por las poblaciones inmigrantes son excusables y respetables, toda represión de la criminalidad de los inmigrantes es inmoral, en acto o por simples palabras. La ideología dominante es en sí una contradicción ideológica. Primero se es antirracista, después de profesa que pretender reprimir duramente la criminalidad es ser racista, y por último se reconoce implícitamente lo que se niega a otros, a saber: que la criminalidad es el hecho principal de los emigrantes.

Para leer mas http://www.inmigracionmasiva.com

No nos hacemos responsables de las interpretaciones erroneas que puedan suscitar los contenidos del blog. Defender nuestra identidad como europeos frente a los totalitarismos marxistas o fundamentalismos islámicos no deben ser interpretados como apologia de ningún delito. Habría que ser muy subnormal para confundirlo.  

Que se vayan de Europa,

Que se vayan de Europa, Redacción.- Los incidentes de Francia provocados por negros y magrebíes, no son más que los primeros despuntes de la guerra civil racial y social que estallará, como máximo, en torno al final de esta década. Lo peor, no ha llegado. Toda Europa ha visto los grupos étnicos a los que pertenecen los criminales que enturbian la vida de la sociedad francesa. Ahora ya nadie puede llamarse a engaño: con la inmigración ha llegado a guerra étnica. La guerra étnica sólo puede concluir con la repatriación de unos, la expulsión de otros y el castigo drástico de los responsables. Lo que se avecina va a ser la primera guerra étnica continental: por que sus llamas van a alcanzar a toda Europa: de Lisbos a Moscú, de Suecia a Italia. Las únicas consignas que debemos transmitir a todos los europeos son: contención de la inmigración, defensa de la comunidad y castigo a quienes han facilitado la guerra étnica.

El castigo a los responsables

Mientras en Francia estalla la guerra étnica, el cretino que preside el gobierno español ve con “comprensión” los saltos masivos de inmigrantes por Ceuta y Melilla, acaba de legalizar a 700.000 inmigrantes que en pocos años se transformarán, por la reagrupación familiar en 2.800.000 inmigrantes, y ha conseguido que en un tiempo record afluyeran otros 700.000 inmigrantes gracias al efecto llamada.
 
El ciudadano José Luis Rodríguez Zapatero y su ministro de trabajo, Rafael Caldera, deben ser juzgados por traición. Su política criminal de abrir las puertas a la inmigración solamente ha sido superada por José bono, ministro de la defensa, fundador de “soldados sin fronteras”, que ordenó a las tropas españolas patrullear en las vallas de Ceuta y Melilla con las armas descargadas. No puede extrañar que la palabra con la que en África francófona se conoce al gobierno español sea el de gobierno de “pedés”, esto, es gobierno de maricones. Opinión que no carece de lógica si tenemos en cuenta las medidas proteccionistas a las parejas gays que se ha empeñado el gobierno socialista español. Que Zapatero, Caldera, Bono y sus secuaces son unos miserables traidores, de eso no hay ninguna duda y que deberán pasar caras sus responsabilidades tampoco.
 
Hay que recordar a la sociedad que, a partir de los años 80, cuando estuvo claro que el proletariado europeo se aburguesaba y que estaba dando la vuelta a los partidos de izquierda, la Internacional Socialista difundió entre sus afiliados en Europa, la política de puertas abiertas a la inmigración. Con ello pretendían generar un electorado de reemplazo. Es importante señalar que la riada migratoria no ha sido casual. Ha sido estimulada por las fuerzas de la izquierda europea.
 
Una vez más, la izquierda había confundido sus sueños con realidades. Olvidaba que estos inmigrantes no procedían de países democráticos y que votar para ellos, era tan poco importante como integrarse en las tradiciones culturales europeas. Así pues, en un primer momento, la inmigración se abstuvo de otra cosa que no fuera trabajar. Pero la segunda generación fue completamente diferente: querían el éxito y sobre todo querían tenerlo sin trabajar, pues, no en vano habían visto a sus padres trabajar como bestias por salarios de miseria… los mismos que recibían los trabajadores europeos.
 
La irrupción de la inmigración confirmó a la izquierda en su teoría polvorienta de la “lucha de clases como motor de la historia”, al tiempo que negaban la realidad de la lucha étnica que ha presidido la historia desde sus albores.
 
Para colmo, los intelectuales socialistas olvidaban que una inmensa mayoría de estas riadas migratorias eran de religión islámica y desconocían la innata capacidad del islam a deslizarse hacia sus interpretaciones más extremistas.
 
Era pues, cosa de tiempo que, de un lado de constituyeran partidos islámicos (los primeros irrumpieron en 2002 en Francia y corren el riesgo de alcanzar la mayoría absoluta en 2000 ciudades del vecino país) y de otro fuera completamente imposible integrarlos.
 
En los últimos 20 años, en Europa, la guerra étnica ha sido evitada gracias a la inyección constante de fondos “para la integración” de los inmigrantes. Y, lejos de haberse avanzado un paso, cada vez los inmigrantes se encuentran más fortalecidos en su identidad. Zarkosy ocupó el ministerio del interior, con la intención de integrar al islamismo francés, Facilitó y financió la fusión de las tres grandes coordinadoras de asociaciones islámicas en una sola estructura… que inmediatamente fue controlada por los islamistas radicales. Los chispazos de guerra étnica que sufre Francia son el primer resultado de esa nueva política.
 
Ahora Zarkosy llama a la “tolerancia cero” y la “mano dura”: es tarde. No se puede jugar con dos barajas, de un lado la integración, del otro la mano dura. O cañones o mantequilla, las dos cosas son incompatibles.
 
España, en los últimos seis años, ha recorrido el camino que Francia ha tardado 40 años en recorrer. Los guetos islámicos creados en pocos años en España, la tupida red de mezquitas legales y clandestinas, los imanes iracundos y los ulemas analfabetos, están fanatizando en un tiempo record a la población islámica de España: 1.000.000 de magrebíes. Sin olvidar que las  bandas latinas llegan ya tres años realizando sus exacciones y crímenes en nuestro país.
 
Quien ha permitido, por torpeza o cálculo deliberado, toda esta tragedia, debe ser juzgado por un tribunal especial y castigado en función de las responsabilidades de sus actos. Eso o elegir embarcarse en las pateras que devolverán –inevitablemente- a quienes llegaron sin que nadie les hubiera llamado. Que se vayan los traidores con los criminales. Si a Zapatero y a sus secuaces, les gusta tanto el “diálogo de civilizaciones” que se vayan con ellos a dialogar a sus países de origen.

La defensa de la comunidad

Contra una insurrección armada, la única posibilidad de sobrevivir es empuñando las armas. En primer lugar a la policía, pero la policía ya no puede controlar a los africanos en revuelta en toda Francia. Luego a las fuerzas armadas… pero en España ya no quedan fuerzas armadas y el 10% de éstas están formadas por inmigrantes con la promesa de recibir la ciudadanía española. Además de ser una ONG, “soldados sin fronteras” incapaz de asegurar la defensa nacional.
 
Nuestro razonamiento es el siguiente: en España alcanzaremos en un par de años, máximo tres, la misma situación de violencia que se ha generado en Francia. Ni la policía ni las FFAA conseguirán asegurar la defensa de nuestro ciudadanos en determinas zonas, así pues, hay que asegurar la autodefensa de nuestras comunidades y esto implica estar preparados para cuando se produzcan los primeros chispazos de insurrección étnica, disponer de defensas ciudadanas preparadas y dotadas de medios suficientes como para asegurar la integridad de los barrios y las ciudades.
 
Seamos claros: hay que empezar a pensar en montar comités de defensa ciudadana, inicialmente orientados hacia la acción electoral (aquí en España no hay absolutamente ningún partido con la más mínima entidad como para liderar un movimiento antiinmigración) y, cuando las circunstancias lo exijan, capaz de movilizar milicias que aseguren la integridad de los barrios y la defensa de nuestros ciudadanos. No hay otra salida. Tenemos la guerra étnica a las puertas. Hoy se trata de ganar influencia política que utilizar para despertar a nuestra población. Mañana se tratará de movilizar voluntarios para responder al desafío lanzado por las comunidades alógenas, para responder a la guerra étnica que otros han desatado.

La contención de la inmigración

En Francia ya no basta con hablar de contención por que los revoltosos son hijos de inmigrantes y por tanto han nacido en Francia y, al menos, de pasaporte, son franceses. Pero, en España el fenómeno es demasiado reciente: no existe este problema. De ahí que cuando hablamos de “contención de la inmigración”, estemos aludiendo a medidas precisas:
 
-          Admitir solo a inmigrantes procedentes de “cupos”.
-          Repatriar a los inmigrantes llegados ilegalmente en España.
-          Repatriar a los inmigrantes que se encuentren en paro.
-          Eliminar la posibilidad de la “reagrupación familiar”.
-          Introducir en el código penal, el agravante de extranjería, en la comisión de delitos.
 
O esto o la guerra étnica antes de tres años. O esto o la formación de milicias de autodefensa de nuestras comunidades.
 
Contener a la inmigración es hoy posible en España. Mañana, si esta política de fuerza no se realiza (y resulta imposible que el PSOE la realice, de la misma forma que es altamente improbable que el PP tenga decisión suficiente para practicarla, no hay que olvidar que el problema de la inmigración se gestó en los ocho años de gobierno de Aznar aunque ha eclosionado en los años del socialismo) se abre el camino, también en España para la guerra étnica.
 
Albergamos las mayores esperanzas en la vitalidad de nuestra comunidad. Los europeos nos crecemos ante las dificultades. No albergamos la menor duda de que Europa resultará vencedora en esta guerra étnica que ya despunta en Francia y que se hace inevitable en España. Lo único que deseamos es que en las pateras de retorno, suban, no solo quienes han llegado sin ser invitados y han perturbado nuestra convivencia, sino quienes han instigado la inmigración, han mentido a nuestro pueblo y nos han situado ante el abismo.
 
© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es